domingo, 3 de mayo de 2015

ARREPENTIMIENTO.

 ¿Quién era yo ante semejante monstruosidad? su mirada proyectaba las cicatrices de una vida tormentosa, sus distantes ojos negros me embriagaban y  llevaban a un mundo de dolor. Aireado de suplicios clamé por piedad, no esperaba siquiera una gota de clemencia, ya que ni por asomo mostraba indicios de humanidad. Mis esperanzas se desvanecieron por completo, resignado ya, imaginando el filo de la cuña separar mi cuerpo en dos, escondido en lo profundo de mi alma perdida, socavando en el universo de mi mente podrida, buscando respuestas que sin duda nunca llegarían. Sopesaba en silencio, me culpaba a mi mismo por los actos cometidos, y lo veía tan distante, tan lejano y abrumador que casi lloro, me recordaba a cada instante, aquella anticuada y estúpida frase: ¡Los hombres no lloran!, creada solo para mostrar una superioridad de género ficticia y ridícula, pero, ¿qué podía hacer?, ya esa y muchas otras mentiras formaban parte de mi esencia y de la forma en que me adoctrinaron. ¡Al diablo! – susurré en voz baja, y con tan solo un movimiento de aquella bestia corpulenta, me desgarré por dentro, respiré hondo y profundo, tratando de contenerme, pero mi cuerpo me traicionó sin más, un torrente de lagrimas corrieron por mis mejillas, grité descontroladamente pidiendo perdón, los ánimos de una multitud eufórica se apaciguaron de inmediato, me di cuenta de lo cobarde que era, no me importaba, pues por primera vez en mi vida sentí paz verdadera, divise en mi interior, y aquella malvada criatura, que propició las maldades más atroces se desvaneció poco a poco, contemplaba lo abstracto y efímero del mundo espiritual mientras yacía tranquilo esperando la ejecución. Alfredo Malavé   

domingo, 5 de abril de 2015

LA NATURALEZA HUMANA


Era un tanto insoportable, grosero quizás, debo admitir que había cierto tipo de maldad en mi, incluso ahora la hay, solo que trato de llevarla. Un sobrio vacio a veces me embarga el alma, es algo amargo que me embota por completo, me impide concentrarme, me trasporta a un mundo de nostalgia, de recuerdos, me veo a mi mismo de pequeño,  como una especie de chiripa maliciosa, de sonrisa picara y una energía exorbitante. No había preocupaciones, vivía el día imaginando cosas, corriendo, saltando, en ocasiones pretendía ser grande, cuidaba lo mío con recelo, mi hermano mayor solía ser mi mayor enemigo y mi mejor amigo al mismo tiempo, era extraño. Algo un tanto  curioso era que en el colegio mis ánimos se apaciguaban, la timidez me acorralaba, pero en casa la transformación era inminente, solo mi madre podía contenerme. 

El tiempo ha pasado y el hiperactivo niño yace encerrado en algún lugar de mí mente, La sociedad se fue encargando de adoctrinar a la pequeña bestia, de reprimir sus deseos naturales y darle las herramientas para sobrevivir a futuro. A veces lo veo en mis sueños y me recuerda la inocencia con la que solía hacer sus travesuras, entonces pienso y me doy cuenta que una de las mayores cosas que una persona puede conservar de su niñez se ha ido por la borda en el mundo en que vivimos, donde la desconfianza es tal, que la inocencia y la lealtad quedan relevadas a un segundo plano solo para personas y condiciones precisas. 

La naturaleza humana no se puede cambiar por completo, la educación en la niñez es clave si queremos un mejor futuro, podemos intentar ser buenas personas pero siempre estará ese instinto de supervivencia donde solo la malicia tiene cabida. Alfredo Malave.