Qué tiempos aquellos! que invaden mi mente
y me hacen recordar esos días en los que solía disfrutar del mundo sin
percatarme de ello, el simple hecho de pararme todas las mañanas y contemplar
el amanecer me alegraba la existencia. Es increíble como pasa el tiempo, como
se nos va la vida, como el reloj anda sin parar, como los finos granos de arena
parecen incrementar su velocidad con cada golpe que recibe el tubo de cristal.
Nuestra existencia se traduce como un pequeño punto de luz en el universo, a través
del espacio y el tiempo, al lado de ese punto, están millones de puntos más,
algunos muy brillantes, otros tan opacos como la oscuridad misma, cada segundo
centenares de luces se encienden y otras cuantas se apagan sin importar su intensidad.
Una nostalgia enorme se apodera de mi, y me
doy cuenta que he caído en un círculo vicioso en el cual la monotonía es la norma,
los días son iguales y siempre lo serán, porque la cuestión no esta en
los días, está en nosotros y en la manera en la aprovechemos los momentos, es
probable que muchas veces nos desesperemos, pero hasta que no hagamos algo
nuevo y no salgamos de la rutina todo seguirá igual, de hecho estamos tan
empeñados por encajar en el mundo que nos olvidadnos de nosotros mismos y de lo
que queremos en realidad. No se trata solo de fijarse metas, se trata de
disfrutar el camino, porque de que vale alcanzar el éxito cuando el camino
estuvo repleto de quejas, nadie dijo que sería fácil, pero bien es sabido que
el triunfo es más sabroso cuando el esfuerzo es grande.
Hagamos que nuestra luz interna haga eco de
su majestuosidad y destaque entre la multitud, haciendo que el tiempo y los
días no pasen por nosotros, rompiendo con los paradigmas impuestos por la
civilización humana, si quieres dejar una huella en el tiempo, evita formar
parte del montón, experimentando cosas diferentes y con las que te identifiques,
para así lograr que la luz que llevas dentro perdure por siempre en las mentes
de las almas futuras. Alfredo J. Malavé D.