Era
un tanto insoportable, grosero quizás, debo admitir que había cierto tipo de maldad
en mi, incluso ahora la hay, solo que trato de llevarla. Un sobrio vacio a
veces me embarga el alma, es algo amargo que me embota por completo, me impide
concentrarme, me trasporta a un mundo de nostalgia, de recuerdos, me veo a mi
mismo de pequeño, como una especie de
chiripa maliciosa, de sonrisa picara y una energía exorbitante. No había preocupaciones,
vivía el día imaginando cosas, corriendo, saltando, en ocasiones pretendía ser
grande, cuidaba lo mío con recelo, mi hermano mayor solía ser mi mayor enemigo
y mi mejor amigo al mismo tiempo, era extraño. Algo un tanto curioso era que en el colegio mis ánimos se
apaciguaban, la timidez me acorralaba, pero en casa la transformación era
inminente, solo mi madre podía contenerme.
El
tiempo ha pasado y el hiperactivo niño yace encerrado en algún lugar de mí mente,
La sociedad se fue encargando de adoctrinar a la pequeña bestia, de reprimir
sus deseos naturales y darle las herramientas para sobrevivir a futuro. A veces
lo veo en mis sueños y me recuerda la inocencia con la que solía hacer sus
travesuras, entonces pienso y me doy cuenta que una de las mayores cosas que
una persona puede conservar de su niñez se ha ido por la borda en el mundo en
que vivimos, donde la desconfianza es tal, que la inocencia y la lealtad quedan
relevadas a un segundo plano solo para personas y condiciones precisas.
La
naturaleza humana no se puede cambiar por completo, la educación en la niñez es
clave si queremos un mejor futuro, podemos intentar ser buenas personas pero
siempre estará ese instinto de supervivencia donde solo la malicia tiene cabida.
Alfredo Malave.