miércoles, 17 de octubre de 2012

EL PAN DE CADA DÍA DE TODOS LOS VENEZOLANOS: LA DELINCUENCIA.


Mi cuerpo no me respondía, no cabía lugar para el razonamiento, mi mente estaba en blanco, mis manos sudaban por doquier, mi sistema nervioso autónomo me había ganado la partida, me impedía pensar de forma serena,  era evidente que tenía miedo, de hecho, sentía un miedo tremendo, bárbaro, de esos que te invaden por completo, era la primera vez que me sucedía, y doy gracias a Dios porque no paso a mayores. Aquel sujeto, de mediana estatura, mirada amenazante, dispuesto a quien sabe qué cosa, apuntaba un arma contra mí, sus palabras me hicieron entrar en razón, -¡dame todo lo que tienes!, me dijo; respondí de manera mecánica, sin pensarlo dispuse todas mis pertenencias a su posesión. Todo paso en cuestión de segundos, aunque para mí fue una eternidad,  de un momento a otro me encontraba solo, en medio de la calle, aun sin entrar en razón.

Todo lo que hice después fue seguir mi camino, porque de eso se trata, de seguir adelante ante las adversidades, había sido víctima del hampa por primera vez en mi vida, y en ese momento comprendí lo dichoso que había sido, agradezco a Dios infinitamente por salvaguardar mi vida. Cada vez las cosas  son más difíciles, la delincuencia acaba con nuestra sociedad y a los entes gubernamentales parece no importarles, la solución del problema va mucho más allá que poner puestos de vigilancia con policías que muchas veces resultan ser más delincuentes que los propios hampones, la cosa no está simplemente en reforzar la seguridad; para darle solución a algo se debe ir más allá, detrás de un problema hay miles de problemas y la mala yerba hay que arrancarla desde la raíz, día a día miles de venezolanos somos víctimas de la delincuencia, vivimos en zozobra y pareciera que no nos damos cuenta de la situación. Como yo, sé que muchos de ustedes conservan la esperanza de un mejor mañana, y tengan por seguro que daré lo mejor de mí para construir ese futuro, espero que ustedes hagan lo mismo.  Alfredo José Malavé Díaz.


martes, 9 de octubre de 2012

LA VERDADERA CARA DE LA HUMANIDAD

Una cara triste, un cuerpo desaliñado, unos pies descalzos, una expresión de timidez en su rostro, de ojos llorosos y sonrisa gastada, son recuerdos que se me vienen a la mente y me hacen encontrarme con un yo que creía no existía. Solo estaba cegado por los placeres de la vida, no una lujosa, sino más bien cómoda,  pero siempre ansiando más. Esto me hace darme cuenta de lo equivocado que estaba, de mi falta de empatía, de mi falta de coraje para enfrentarme a la vida, no a la vida ficticia que vivía, sino a la real, esa vida que esta ahí afuera, en ese mundo indomable e implacable, capaz de someter a los débiles y de ejercer presión contra los "fuertes" que de fuertes no tienen nada, puesto que solo luchan por su supervivencia,  dejando a la deriva a cientos de almas necesitadas que claman por un poco de ayuda y de amor, ya que un cuerpo desvalido mas que ayuda física no necesita mas que amor, así es mi gente, amor, ese sentimiento que te hace ver la vida de forma diferente y te hace olvidar tus males. Es increíble la forma en la que el amor puede cambiar el mundo; de alguna forma nos hace sentir libres y a la vez enriquece nuestra alma. 

Hasta que no descubramos nuestra esencia y viajemos a lo más profundo de nuestro corazón, solo seremos individuos vacíos, de cuyos cuerpos el espíritu se desvanece. No hace falta más que un suceso para hacernos reaccionar.  Sentir el dolor de cerca y ser victima de la injusticia es para muchos el comienzo del cambio, cosa que no debería ser, pero como recita haber popular "por las malas se aprende". 

Los cambios son difíciles, pero no imposibles e implican una lucha interna por tratar de dominar la mente y el cuerpo. La aceptación de nuestros errores resulta vital para encararnos con nosotros mismos y lograr ese avance tan anhelado. Recordemos que no estamos solos en este mundo y que muchas veces podremos necesitar de alguien, así como muchos precisaran de nuestra ayuda. Vive con la convicción de tender la mano desinteresadamente y agradece por estar donde estas, la vida es una caja de sorpresas; hay veces en las que podemos estar en la cima, pero hay otras en las que el abismo nos gana la partida. La felicidad de un pueblo se mide por la cantidad de sonrisas en la cara de sus habitantes  a pesar de los pesares. Te invito a que le regales una sonrisa a la vida y a luchar por tus sueños haciendo el bien por más pequeño que sea. Nos vemos en la próxima entrega, saludos. Alfredo José Malavé Díaz