Mi
cuerpo no me respondía, no cabía lugar para el razonamiento, mi mente estaba en
blanco, mis manos sudaban por doquier, mi sistema nervioso autónomo me había ganado
la partida, me impedía pensar de forma serena, era evidente que tenía miedo, de hecho, sentía
un miedo tremendo, bárbaro, de esos que te invaden por completo, era la primera
vez que me sucedía, y doy gracias a Dios porque no paso a mayores. Aquel
sujeto, de mediana estatura, mirada amenazante, dispuesto a quien sabe qué
cosa, apuntaba un arma contra mí, sus palabras me hicieron entrar en razón, -¡dame
todo lo que tienes!, me dijo; respondí de manera mecánica, sin pensarlo dispuse
todas mis pertenencias a su posesión. Todo paso en cuestión de segundos, aunque
para mí fue una eternidad, de un momento
a otro me encontraba solo, en medio de la calle, aun sin entrar en razón.
Todo
lo que hice después fue seguir mi camino, porque de eso se trata, de seguir
adelante ante las adversidades, había sido víctima del hampa por primera vez en
mi vida, y en ese momento comprendí lo dichoso que había sido, agradezco a Dios
infinitamente por salvaguardar mi vida. Cada vez las cosas son más difíciles, la delincuencia acaba con
nuestra sociedad y a los entes gubernamentales parece no importarles, la solución
del problema va mucho más allá que poner puestos de vigilancia con policías que
muchas veces resultan ser más delincuentes que los propios hampones, la cosa no
está simplemente en reforzar la seguridad; para darle solución a algo se debe
ir más allá, detrás de un problema hay miles de problemas y la mala yerba hay
que arrancarla desde la raíz, día a día miles de venezolanos somos víctimas de
la delincuencia, vivimos en zozobra y pareciera que no nos damos cuenta de la situación.
Como yo, sé que muchos de ustedes conservan la esperanza de un mejor mañana, y tengan
por seguro que daré lo mejor de mí para construir ese futuro, espero que
ustedes hagan lo mismo. Alfredo José
Malavé Díaz.